miércoles, 21 de febrero de 2018

Viajes y Peripecias de Un Viejo Mercenario Esperando Poder Retirarse - Capítulo XX (3ª parte)



PALABRAS MÁGICAS
- XX -
MONEDAS

Pasaron cuatro días en la jaula. Cuatro días en los que comieron lo que Solna les hacía llegar con una cuerda que ataba a un cesto, en el que les enviaba gachas de avena, nueces y bellotas y algunas hortalizas frescas. Drill imaginaba que la hechicera tenía un huerto, por allí cerca.
Cuatro días en los que tuvieron que hacer sus necesidades en un cubo, que hacían descender con la misma cuerda cuando ya estaba lleno y que Drill creía que Solna utilizaba como abono para su huerto.
A pesar de aquella situación tan denigrante y de lo desalmada que parecía Solna (que no les dirigía la palabra en ninguna ocasión, ni cuando les mandaba el cesto con comida, ni cuando recogía el cubo de desperdicios, ni cuando Drill trataba de entablar conversación con ella), les hizo llegar la primera noche las dos mantas gruesas en los que les había encontrado arropados la noche que los atacó. De esa manera, al menos, pasaban calientes las noches, aunque no durmiesen mucho ninguno de los dos.
Ryngo estaba encerrado en otra jaula, más pequeña, colocada en el suelo, al pie de un árbol. La hechicera cuidaba al zorrillo con mucho cuidado, como pudo ver Drill. Le alimentaba y le limpiaba, aunque alguna vez le cortaba algún mechón de pelo rojizo, que observaba con detenimiento y se llevaba con ella, guardándolo dentro de la cabaña.
Cuatro días así, prisioneros de una hechicera que no tenía ningún interés en ellos.
Pero al quinto día, hubo algo que cambió la rutina.
A media mañana, mientras Solna pelaba un conejo que había cazado con arco (los dos mercenarios la habían visto practicar con él y su destreza era impresionante), guardando el hígado y los riñones para sólo ella sabía qué magias oscuras, escucharon pisadas que hacían crujir la tamuja y las hojas secas del suelo del bosque. Drill y Cort lo escucharon cuando estaban cerca, dada su eficacia como mercenarios, pero Solna lo escuchó un poco después, cuando estaban más cerca, aunque todavía no se podía ver a quien se acercaba.
- ¿Quién anda ahí? – dijo Solna, dejando el conejo pero sin soltar el cuchillo.
- ¡Solna! ¡Soy Gurcko! – escucharon una voz de hombre. – ¡Supongo que no has olvidado nuestro acuerdo!
- ¡No lo he olvidado, pero has llegado antes de tiempo! – dijo Solna, hablando hacia el bosque. – ¡Ven donde pueda verte!
Se escucharon nuevos pasos sobre el suelo crujiente del bosque y al poco un individuo apareció entre los árboles, llegando a la zona en la que Solna había establecido su refugio, mucho más despejada que los alrededores. Era un hombre de la edad de Riddle Cort, corpulento pero proporcionado, de buena planta, bucles castaños en la cabeza y armadura ligera de cuero cubriéndole el cuerpo. Podía parecer un soldado, pero Drill le caló al instante: era un bravucón, un ladrón, un delincuente con buena apariencia. A los dos dentro de la jaula no les gustaron los tratos que aquel tipejo podía tener con Solna.
- Llegas pronto – replicó la hechicera, con voz dura.
- Calculé el camino para llegar en la fecha prevista, pero he tardado menos de lo que esperaba – dijo el tal Gurcko, con una sonrisa seductora y superior, deteniéndose a unos pasos de la hechicera. Llevaba unos guantes de cuero, que se quitó despacio y dejó sobre la mesa de trabajo. – El tiempo ha sido muy benévolo y he podido venir directo, sin hacer paradas.
Solna tenía una mueca arrugada en los labios, y aquello a Drill le gustó: quizá la hechicera tuviera tratos con aquel delincuente, pero no se fiaba del todo de él. Mi antiguo yumón pensó rápido, con agilidad, como era su costumbre cuando estaba atento: quizá pudiesen sacar algo de provecho de aquella desconfianza.
- ¿Has traído lo que te pedí? – preguntó Solna, sin dejarse engatusar por las palabras, los gestos y la mirada del guapo fanfarrón.
- Sí, siempre y cuando tú tengas preparado el filtro que te encargué – dijo el bandido, sin dejar de sonreír, pero su voz no sonreía: era peligrosa.
Solna asintió, sin dejarse amedrentar. Drill estaba seguro de que ella también era peligrosa.
- Espera un momento.... – la mujer se dirigió a la cabaña, entrando en ella a por el encargo de Gurcko. Drill y Cort se dieron cuenta de que se había llevado el cuchillo con ella, precavida. El bandido miró alrededor, esfumándose su sonrisa de la cara, peligroso. Cuando vio la jaula en lo alto volvió a sonreír, haciendo un gesto burlón.
- Señores prisioneros.... – saludó, con una reverencia cargada de guasa.
- Pendejo.... – musitó Cort.
- ¿Le conoces? – preguntó Drill. Cort negó con la cabeza.
- He oído hablar de un tal Gurcko, que trapichea en los alrededores de Tumux, pero no le conozco personalmente – explicó. – Éste cretino encaja bastante bien con la descripción que me han hecho de él.
- ¿Es peligroso? – preguntó Drill, todavía dándole vueltas a la posibilidad de aprovechar la situación, aunque no sabía cómo.
- Bastante. Todo lo que tiene de soberbio, lo tiene de chulo, de peligroso y de estúpido. Pero no es tonto....
Drill asintió.
El bravucón se había dado la vuelta, dándoles la espalda, sin interesarse por ellos. Solna salió en ese momento de la casa, con un paquetito como un puño de grande, de tela, atado con un cordel.
- Aquí tienes.
- ¿Éste es el filtro? – Gurcko sonaba desconfiado y confundido.
- Es el soluto para un filtro – explicó la hechicera. – Dilúyelo en agua o en el líquido que prefieras y luego bébetelo.
- Está bien – el bandido se guardó el paquetito en el interior de la armadura, en el pecho.
- ¿Y mi oro? – pidió la hechicera, un poco tensa.
Gurcko sonrió con superioridad, disfrutando del momento de indefensión y nervios de Solna. Después se descolgó una bolsa del cinturón, de la espalda, y sacó de allí cinco monedas de salmodia, doradas y brillantes. Las puso en la mesa, cerró la bolsa (que todavía tintineaba) y se la colgó de la cintura. Solna agarró las monedas al instante y las sopesó en las manos. Parecía conforme.
- ¿Todo bien? – preguntó Gurcko.
- ¿Es oro puro? Ya sabes que te pedí oro puro: es lo que necesito....
- Lo es, por mi honor que lo es – juró el bandido, levantando la mano derecha.
- Ese tipejo no tiene ningún honor.... – masculló Cort, insinuando que el bravucón podía estar engañando a la hechicera.
Y entonces Drill tuvo la intuición. Podía estar equivocado, pero si miraba las monedas, se fiaba de su propio instinto sobre Gurcko, del instinto y las sospechas de Cort y del aspecto y las muecas de inconformidad de la hechicera, se convencía de que estaba en lo cierto.
- ¡¡Ese hombre la engaña, hechicera!! – dijo, sin pensárselo más: si lo daba más vueltas dudaría, y entonces quizá su oportunidad se les escapase. – ¡No es oro!
- ¡Cállate! – le dijo Cort, en susurros, agarrándole del brazo. – ¿Quieres que nos maten, Bittor?
- Espera, tengo una idea. Puede que salga bien – contestó Drill, sabiendo que se la estaba jugando, por una simple corazonada. Aquellas salmodias le recordaban mucho a una que llevaba en su mochila.
- ¡¡¿Qué dices, piojoso?!! – Gurcko se violentó muchísimo, alzando su puño hacia la jaula. Casi parecía realmente insultado y Drill dudó por un momento de que se hubiese equivocado y el hombre no tuviese intenciones ocultas, pero después decidió hacer caso a su instinto y a su corazonada. – ¿Cómo te atreves a insultar a un hombre de negocios como yo desde una prisión tan lamentable como en la que estás?
- ¿Piojoso? – rio Cort, al lado de Drill, contagiándole la sonrisa, haciendo que Gurcko se enfureciera aún más.
- Tranquilízate, Gurcko, sólo son dos prisioneros demasiado tontos para tratar de entrar en mi refugio sin mi consentimiento – dijo Solna, mirando con una mirada inteligente a los dos mercenarios. – Además, tus negocios son cuestionables y yo no utilizaría esos negocios para hacerme pasar por alguien honorable....
El delincuente desvió su mirada furibunda de los prisioneros a su anfitriona, calmándose poco a poco, reconociendo la ironía en sus palabras.
- Tienes razón, Solna, pero comprenderás que me haya exaltado ante tamaña mentira....
- ¡No es mentira! – siguió Drill. – Esas salmodias son nuevas, no son de oro. Son de acero con un baño de cobre y.... zinc, ése era. Después se calientan en seco y el cobre y el zinc se amalgaman dando latón, de color dorado. Lo que ahí ve, hechicera, es latón, no oro.
- ¡¡¿Cómo te atreves?!!
- Espera un momento, Gurcko – Solna escuchaba y miraba con mucha intención a Drill. – ¿Cómo sabes tú eso? ¿Puedes probarlo, acaso?
- Sí, señora. ¡Perdón!, hechicera. En mi mochila encontrará una moneda igual, en uno de los bolsillos laterales, entre los calcetines de lana. Es una salmodia como las que tenéis ahí encima de la mesa.
Solna lo miró un instante más, pensativa, pero luego fue hasta la mochila y sacó la moneda. Era igual.
- ¿No estarás inventándote una sarta de mentiras sólo para tratar de librarte de mi prisión? – le dijo a Drill mientras volvía a la mesa.
- ¡¡Pues claro que es eso!! – chilló Gurcko, cada vez más molesto y enfadado. – ¡¡Estas monedas son legales!! ¡¡Son de oro!!
- No os miento, hechicera, digo wen – aseguró Drill, muy serio. – Podéis rascar mi moneda o rayarla para que veáis el interior: será de acero y lo dorado de fuera es latón. No hace falta que estropeéis las vuestras....
Solna aun dudó un poco, mirando alternativamente a Drill y a Gurcko. El bravucón ya no parecía seguro de sí mismo e intentaba convencer a la mujer con palabras dubitativas y frases poco convincentes. Solna cogió su cuchillo de nuevo, rascó la moneda de Drill y levantó la pátina dorada de fuera. Cogió las pequeñas virutas y las puso en la mesa, mojándolas con una gota de jugo de remolacha. Desde la jaula ni Drill ni Cort pudieron ver qué pasaba con el latón, pero imaginaron que la hechicera estaba haciendo una prueba alquímica para comprobar que era el metal que Drill había dicho. Debió de convencerse, porque después rascó una de las monedas que Gurcko le había dado como pago y repitió el proceso con el jugo de remolacha.
- Así que eran de oro, ¿no? – se volvió a Gurcko, empuñando el cuchillo. El maleante ya no parecía ni soberbio ni elegante ni seguro de sí mismo. Retrocedía con las palmas por delante. – Has querido engañarme, pagándome con algo que es inútil para mí. Te doy una oportunidad para que me devuelvas el paquete que te he dado y abandones el bosque de Haan a toda prisa, o si no serás presa de mis conjuros y te convertiré en una alimaña babosa y lamentable que viva bajo tierra el resto de su corta y miserable vida.
Solna parecía más grande y más oscura durante su amenaza y Gurcko no se molestó en decir nada ni lo dudó un instante: se sacó el paquetito de dentro del pectoral de cuero, se dio la vuelta y se fue de allí a paso vivo, casi trotando, olvidando en la mesa las monedas de curso legal, pero que no tenían valor para Solna.
- ¡Bien hecho, Bittor! – le felicitó Cort, agarrándole por los hombros y sacudiéndole amigablemente.
Solna miró hacia lo alto, sorprendida y aliviada.
- Ofrezco gratitud y deseo prosperidad, señor mercenario – dijo, con respeto. Drill asintió, sin asomo de soberbia. Cort apareció a su lado, agarrándose a los barrotes, haciendo que la jaula se inclinara otro poco más hacia ese lado, con un gruñido de la soga que la mantenía colgada.
- Poca prosperidad nos espera aquí dentro – dijo, con su habitual guasa. – ¿No podrías hacer algo al respecto?
Solna lo miró seria, para acabar sonriendo al final. Era la primera sonrisa sincera que mi antiguo yumón la vería esbozar.
No sería la última, tampoco.

sábado, 17 de febrero de 2018

Viajes y Peripecias de Un Viejo Mercenario Esperando Poder Retirarse - Capítulo XIX (3ª parte)



PALABRAS MÁGICAS
- XIX -
PRISIONEROS DE LA HECHICERA

Drill despertó dolorido en una superficie que se movía. Debido al golpe, al mareo y al dolor, no se movió muy rápido ni tuvo prisa por desentrañar la incógnita de aquel suelo de madera que parecía moverse y oscilar.
- Bittor, ¿estás bien? – escuchó la voz de Cort por allí cerca. Se apoyó en las manos, se incorporó un poco y buscó con su ojo al otro mercenario. Estaba allí al lado y le asintió para contestarle, al ver que le miraba con ojos preocupados.
Al enfocar y mirar a Cort pudo ver dónde estaba y la explicación de por qué el suelo se movía y se balanceaba llegó sola.
Los dos mercenarios estaban en una jaula de madera, con suelo y techo de tablas y rodeada por barrotes gruesos. No estaban encadenados ni atados, pero ninguno de los dos tenía sus armas ni sus equipajes o enseres. A Drill le habían quitado hasta el cuchillo que llevaba en la caña de la bota. La jaula estaba colgada de los árboles, a unos cuatro metros del suelo, balanceándose.
- ¿Dónde estamos? – preguntó, con voz ronca, pasándose la mano por la zona del golpe.
- ¿No querías encontrar a Solna? Pues ya la hemos encontrado.... – respondió Cort, con poca guasa.
Señalaba por entre los barrotes y Drill miró hacia abajo. La jaula estaba colgada en una parte más despejada del bosque, sin ser específicamente un claro, aunque los árboles estaban más separados y dispersos y había más espacio libre. Drill vio una cabaña de buen tamaño con chimenea de la que salía humo, una mesa grande en el exterior, cestas con frutos y hojas, un corral con tres ocas, montones de plumas contra dos árboles que crecían juntos....
Pero lo que más llamó su atención fue la mujer que iba de un sitio a otro, atareada con sus cosas, sin mirar ni una sola vez a la jaula ni a sus prisioneros. Era una mujer de unos cuarenta años, con el pelo negrísimo, buen talle y andar enérgico. Llevaba una túnica marrón oscuro, de tela gruesa y pesada, que le cubría por completo menos las manos y la cabeza, donde Drill pudo ver una piel pálida y fina.
- ¿Es Solna? – preguntó.
- La misma.... – contestó Cort, con desdén.
- ¿Y por qué nos tiene encerrados? ¿Fue ella la que nos atacó? – Cort asintió ante la mirada interrogativa de Drill. – ¿Y no te ha reconocido?
- Precisamente, yo diría que sí.... – Cort se acarició la nuca, donde parecía que le habían sacudido a él. Mi antiguo yumón le miró durante unos instantes, sin entender nada.
- No sé si será por el golpe o por la altura, pero no entiendo nada. ¿Podrías explicármelo, Riddle, si a bien tienes?
Cort suspiró, antes de contestar.
- Cuando estuve aquí la primera vez Solna me ayudó, porque se apiadó de la niña a la que yo estaba buscando – explicó, sin dar más detalles de su misión. Seguiría siendo un misterio, pero a Drill le interesaban otros detalles. – Por eso me ayudó y pude salir del bosque sin problemas, pero la hechicera me dejó muy claro que no quería volver a verme por aquí, que el hecho de que supiera dónde estaba su refugio no me daba derecho a volver a verla cada vez que tuviera problemas y necesitase ayuda.
- ¿Y por qué no me lo dijiste antes? – se enfadó Drill (aunque le conozco, e imagino que no fue mucho). – ¿Por qué accediste a ayudarme, a traerme hasta aquí?
Cort se encogió de hombros. Drill me dijo que parecía apurado, un hombre entre la espada y la pared.
- Te vi tan agobiado por la misión, que no pensé en mí. Sólo pensaba que tenía que ayudarte si podía....
Los dos mercenarios se miraron un instante, sin hablarse.
- En ese caso te ofrezco toda mi gratitud, Riddle, digo wen – mi yumón estaba un poco avergonzado por haberse enfadado antes.
Cort se encogió de hombros.
- En estos momentos me vendría mejor un poco de prosperidad – bromeó – pero creo que eso sólo depende de Solna.
Drill se volvió a los barrotes y miró a través de ellos.
- ¡Señora! ¡Disculpe, señora!
La hechicera se detuvo, de camino de un cesto que había en el suelo a la mesa en la que estaba trabajando. Miró con reproche y displicencia hacia arriba y clavó sus ojos negros en el único sano de Drill.
- Hechicera, no señora....
Después siguió con sus cosas.
- Perdone.... ¡Hechicera! ¿Por qué nos ha encerrado aquí? No pretendíamos molestarla, sólo necesitábamos su consejo y su ayuda....
- Pues me habéis molestado, después de todo – contestó ella, sin volverse: seguía delante de la mesa, haciendo sus cosas. Al cabo de un instante se volvió, mirando otra vez a Drill. – Me habéis molestado y tu amigo sabía que no debía hacerlo.
Drill se volvió a mirar a Cort, que estaba sentado en el otro extremo de la jaula, para compensar el peso de Drill apoyado en los barrotes del lado opuesto.
- Lo sabía, digo wen, pero sólo entró en el bosque y me trajo hasta su refugio porque quería ayudarme – se dirigió de nuevo a Solna. – Hechicera, necesito su ayuda, estoy desesperado y atascado en una misión imposible y delirante.
- No me dedico a ayudar a mercenarios cuando sus misiones se vuelven imposibles, aunque todos creéis lo contrario – Solna dejó sobre la mesa el cuchillo que estaba usando y volvió a mirar a Drill. – Él sabía que no debía entrar aquí y aun así te ha traído con él. Estaréis en esa jaula hasta que yo lo considere oportuno y cuando os suelte (si ese es mi deseo, del cual no estoy muy segura) os largaréis de mi bosque y no os veré más. Si tienes problemas con tu misión, que te ayude la Hermandad de los Mercenarios.
Y después se volvió a la mesa, dejando muy desgraciados a los dos mercenarios.

martes, 13 de febrero de 2018

Viajes y Peripecias de Un Viejo Mercenario Esperando Poder Retirarse - Capítulo XVIII (3ª parte)



PALABRAS MÁGICAS
- XVIII -
EL BOSQUE DE HAAN

Drill y Cort emprendieron su viaje el día siguiente, después de pasar la noche en la posada de Frann (había habitaciones libres de sobra para los dos). Cort compró dos mantas gruesas en el mercado, previsor, las enrolló y las ató con una cuerda, llevándolas al hombro. Drill revisó su equipaje y acabó metiendo la caja en la mochila del ejército, la que había sido de Quentin Rich.
Los dos listos y preparados empezaron a andar.
Caminaron hacia el bosque de Haan, por las praderas que predominan en Escaste. Debido al Invierno el campo estaba amarillo y seco, pero la hierba era alta y fresca, atrapando el frío y la humedad del ambiente. Drill se puso el gorro de lana y los guantes de piel de conejo con muchas ganas y Cort se colocó unos mitones negros y un gorro con orejeras muy cómico, pero a la vez muy cálido.
Tardaron cinco días en llegar al bosque, pasando las noches en graneros o pajares y cuando llegaron a pueblos de tamaño mediano buscaron una pensión o compartieron habitación en alguna casa particular, de dueños muy amables.
Cuando alcanzaban un grupo de árboles medianamente grande Drill siempre preguntaba si aquello era ya el bosque de Haan. Riddle reía y le pedía paciencia: cuando llegasen a él lo notaría.
Y así fue: el bosque de Haan era mucho más poblado, oscuro e impenetrable, sin por ello dar una imagen peligrosa o amenazadora. Los árboles eran más altos y frondosos y crecían muy juntos, casi sin dejar pasar más que unos pocos rayos de Sol hasta el suelo, en el que sólo crecía una pequeña y parda hierba, cubierta de tamujas y hojas muertas. Drill lo contempló con admiración, durante unos minutos.
Después se colaron entre los primeros árboles y penetraron en el bosque de Haan.
Allí la temperatura no era tan fría, era más bien fresca. No pasaban calor, pero la marcha era más agradable y apacible. Atravesaban el bosque por entre los árboles, sin ningún sendero que marcara el camino: los dos mercenarios pasaban apuros, pero Ryngo no tenía ninguna dificultad, aunque la hierba marronácea parecía molestarle para avanzar.
Drill le preguntaba a Cort qué camino tenían que seguir hasta encontrar a Solna, porque mi antiguo yumón no veía nada en aquel bosque que sirviera de referencia para encontrar nada, y lo que menos le apetecía era estar dando vueltas por entre los árboles esperando encontrar a la hechicera por casualidad. Cort le contó que debían marchar en dirección noreste, hasta dar con un macizo de rocas grises que había en mitad del bosque. Desde allí, y siguiendo el macizo rocoso longitudinalmente, encontrarían una brecha en las rocas de la que salía un sendero muy leve, que debían recorrer para llegar a la zona donde habitaban los hechiceros. Una vez allí creía recordar el hogar de Solna.
Drill también se interesó por Solna, por supuesto, por cómo era la hechicera y cómo había tratado a Cort en su primer y casual encuentro. Riddle tardó más en contestar a esta pregunta y Drill no supo si fue porque estaba concentrado, mientras atravesaban una zona mucho más densa y poblada de árboles, o si la pregunta le molestaba o era difícil de responder. Aquella noche, cuando se detuvieron a dormir, Cort le contestó.
Solna era una mujer seria y disciplinada, algo huraña con los extraños. Vivía en el bosque de Haan porque quería apartarse de la gente, así que no se tomaba muy bien las visitas, aunque al ser una verdadera bruja las atendía y respetaba con cierta deferencia. Según Cort era una mujer madura, bella y ciertamente atractiva, que vestía túnicas vaporosas y elegantes, no como las brujas de las ilustraciones de los libros de cuentos para niños.
Las noches eran duras en el interior del bosque, porque aunque no hacía tanto frío como en la pradera, no dejaban de estar en Invierno. Las mantas gruesas que había comprado Cort, muy previsoramente, les fueron de mucha ayuda: Ryngo durmió con Drill bajo la manta. El terreno era blando y cómodo para dormir sobre él, pero muy húmedo, así que colocaban las mantas más finas que ya llevaban con ellos antes y se arropaban con las gruesas recién compradas.
Al cabo de unos días de cruzar el bosque llegaron hasta unas rocas grises con vetas y manchas negras. Riddle aseguró que aquel era el macizo rocoso del centro de Haan, así que ascendieron hasta lo alto. El macizo medía solamente unos cuatro metros de alto, que ascendieron por una pared casi vertical. Por suerte había asideros y escalones naturales en la roca, así que la ascensión no fue difícil. Cuando llegaron a la parte de arriba Drill comprobó que era plana, de grandes y largas rocas llanas. Desde allí hasta el otro lado se podía bajar andando, porque no había desnivel: las rocas bajaban en una pendiente suave hasta el suelo de hierba y hojas muertas del resto del bosque. Pero Cort le dijo que siguieran por las rocas, hasta llegar a la brecha que le había dicho que tenían que encontrar. Caminaron durante todo el día, hacia la izquierda, hasta llegar a ella: era un corte en la roca, una pequeña garganta. Desde ella empezaba un leve sendero, apenas dibujado en el suelo del bosque. Cort saltó al sendero y Drill lo siguió. Ryngo trotó por las rocas de los bordes y bajó al suelo con delicadeza y elegancia.
El camino siguió de nuevo por el bosque. En aquella parte los árboles estaban más separados, pero sus copas eran más altas y anchas, formando un techo de hojas que tapaba la luz del Sol. Sin embargo había claridad en el suelo, no andaban a ciegas. La hierba del suelo estaba cubierta de tamuja de los pinos y de hojas de las encinas y hayas.
El segundo día después del macizo de rocas se acostaron, con una pequeña hoguera entre los dos. Drill temía que el fuego atrajera a bestias y alimañas, pero Cort le aseguró que no había animales peligrosos en el bosque. Además, el fuego podía atraer a algún hechicero curioso, que quizá les podría indicar hacia dónde caminar para encontrar el refugio de Solna.
Drill apenas tardó en dormirse, pero poco tiempo después se despertó en plena noche. Se removió bajo la manta, sin ver nada: la hoguera sólo era ya un montón de brasas y no había más luminosidad en el bosque: las dos lunas no podían mandar su resplandor atravesando el techo de ramas y hojas.
Se giró hacia donde se había quedado dormido Riddle Cort y vio una figura oscura sobre él. Alarmado trató de incorporarse, para prevenirse, pero la figura, la silueta oscura en la penumbra de la noche, vino hacia él, con mucha velocidad y destreza.
Drill notó un golpe contundente bajo una de las orejas y perdió el conocimiento de nuevo, muy distinto al sueño del que había disfrutado hasta hacía un momento.