viernes, 24 de noviembre de 2017

Viajes y Peripecias de Un Viejo Mercenario Esperando Poder Retirarse - Capítulo I (3ª parte)



PALABRAS MÁGICAS
- I -
DESPERTAR CONFUSO

Drill jura y perjura que cuando abrió los ojos no supo dónde estaba. Se encontró tumbado en una cama, de ropas limpias y frescas. Cuando intentó incorporarse notó un intenso dolor en la espalda, que le hizo encogerse y arrugar la cara.
Volvió a dejarse caer en el blando colchón de la cama, resoplando. Intentó recordar lo que le había pasado, sin estar muy seguro: había huido de Tash Norrington por el camino de las montañas, había llegado al final del camino, donde las rocas se habían caído, había descendido por la pared vertical, había peleado contra Norrington en la cornisa y habían caído....
Recordaba la caída desde la cornisa, estaba seguro. No entendía cómo podía estar allí, tan campante (era un decir, pues ahora que había intentado incorporarse notaba la espalda dolorida y también los brazos) en una cama desconocida, cuando había caído desde una cornisa de roca a sesenta metros de altura.
¿Dónde estaba Norrington? ¿Qué había sido de él? ¿Y el pequeño zorrillo que le había acompañado por las montañas? Acababa de acordarse de él. ¿Dónde estaba? ¿Qué le había pasado?
Miró en torno a sí, fijándose en dónde estaba. La cama era pequeña, pero como mi antiguo yumón es bajito no le colgaban los pies. La habitación tenía las paredes de madera, de troncos lijados y limpios de corteza. Había tablas de madera clavadas horizontalmente a las paredes, llenas y atiborradas de cosas: piedras, trozos de madera bastamente tallados, un par de muñecos de trapo, conchas, una caracola.... Había también un baúl a los pies de la cama y un armario alto y amplio al lado de la puerta, que estaba frente a la cama.
Drill volvió a levantarse, esta vez completamente, apoyándose en el suelo, soportando el dolor de espalda. Vio que llevaba unos pantalones de pijama de felpa de color marrón y una camisa amplia de color blanco. Los pantalones le llegaban por media pantorrilla y la camisola también le quedaba un poco corta. Una vez que abrió el armario se confirmaron sus sospechas: estaba en la habitación de un niño.
En ese momento se abrió la puerta, despacio y con delicadeza, pero de par en par. Drill se encontró delante de un niño pequeño, al que le sacaba una cabeza. Era de tez pálida y de pelo muy negro, con grandes ojos redondos. A sus pies estaba el zorrillo que había atravesado las montañas con Drill.
- ¡¡Estás despierto!! – chilló el niño, iluminando su cara con una amplísima sonrisa. Drill se asustó por la explosión de alegría y cayó sentado en el baúl que había a los pies de la cama. – ¿Estás bien? ¿Quieres algo?
Drill trató de tragar saliva, pero no lo consiguió. Tenía la garganta terriblemente seca.
- A.... Agua.... – logró decir, con voz ronca.
- ¡¡Ahora mismo te la traigo!! – dijo el niño, yéndose corriendo de la habitación. El zorrillo se quedó allí, mirando fijamente a mi antiguo yumón. Casi parecía a punto de mover la cola.
Drill no se movió, mirando al zorrillo con una pizca de cariño. Sin saber muy bien por qué, se sentía contento de que estuviese todavía a su lado.
- ¡Aquí tienes! – dijo el niño, con entusiasmo, tendiéndole un gran vaso de agua. Drill la bebió con ganas, saciándose, agradeciendo que estuviese tan fresca. Mientras bebía, una mujer joven y bonita apareció detrás del niño, en el vano de la puerta.
- Ofrezco gratitud..... – dijo el mercenario, una vez hubo terminado.
- ¿Quieres más? – preguntó el chico.
- Jordan, no le agobies – dijo la mujer, con una bonita voz, pero reprendiendo al niño. Drill supuso que era su hijo.
- No, no.... Me vendría bien un poco más de agua.... – dijo Drill sonriendo de forma infantil. El niño no esperó más: cogió el vaso de manos de mi antiguo yumón y salió corriendo de allí. – Ofrezco gratitud y deseo prosperidad.... – dijo Drill, imagino que muy avergonzado. Le conozco y sé que se sentiría así delante de la mujer.
- No hay por qué.... – contestó la mujer, de una forma poco ortodoxa. Estaba claro que Drill se encontraba en algún sitio apartado de las grandes ciudades y de la civilización.
- No sé qué es lo que han hecho por mí, pero está claro que me han salvado....
La mujer se encogió de hombros, sencilla.
- Mi marido le trajo aquí y yo me he encargado de que estuviese cómodo y vigilado. Jordan quiso que descansase en su habitación: está encantado de tenerle aquí. Siempre había querido conocer a un mercenario....
En ese momento llegó el niño, con un nuevo vaso de agua. Drill se lo tomó, esta vez un poco más despacio, pero bebiéndoselo entero.
- Vamos, Jordan, dejémosle descansar.... – dijo la madre, sacando al niño de la habitación.
- No, no se moleste....
- Vuelva a dormir: lo necesita – dijo la mujer. – Cuando vuelva mi marido Jordan lo despertará para que pueda comer con nosotros. Él le explicará que le pasó.....
- Gratitud y prosperidad – dijo Drill, con el pulgar rozándose a barbilla.
- Hacía mucho tiempo que no veía ese gesto.... – sonrió la mujer.
- ¡Vamos! ¡Vamos, pequeño! – llamó el niño, dirigiéndose al zorro, que le miró pero no se movió del lado de Drill.
- Ese zorro suyo ha estado siempre pendiente de usted – comentó la mujer, sin borrar la sonrisa. – No se ha movido de su lado en todo el tiempo que ha estado en la cama.
Drill lo miró con sorpresa, pero también con mucho cariño. El zorrillo notó que lo miraba y se volvió a él.
- Sal con él, si quieres.... – dijo Drill, acompañando las palabras con un movimiento de cabeza.
Y el zorrillo trotó detrás del niño, para jugar con él.

martes, 21 de noviembre de 2017

Viajes y Peripecias de Un Viejo Mercenario Esperando Poder Retirarse - Capítulo XII (2ª parte)



UNA ESPADA LEGENDARIA
- XII -
TRAVESÍA POR LAS MONTAÑAS

Drill ascendió la falda de las montañas a paso vivo. Al principio el ascenso no fue difícil, pues el desnivel no era exagerado. Más delante, a unos quinientos metros de altura, la cuesta era más pronunciada y Drill continuó ascendiendo por entre las rocas y los guijarros, jadeando y fatigándose.
Sin embargo, el viejo mercenario no se detuvo. Había visto un hombre a caballo y su instinto le decía que era Norrington. No podía dejarse atrapar. Así que subió y subió durante todo el día, cansándose, notando cómo sus tobillos y sus rodillas se hinchaban, gritando de dolor.
Lo que Drill no podía saber era que Norrington llegó al pie de las montañas una hora después de que le viese a lo lejos y que el enorme mercenario se había detenido allí, sin empezar a subir. Norrington decidió que empezaría la caza al día siguiente, con las primeras luces: no quería arriesgarse a media tarde, acercándose el anochecer. El mercenario grande aprovechó para descansar y dejar que su caballo descansara.
Drill, al no poder saber esto, ascendió por la ladera durante toda la tarde y, cuando se hizo definitivamente de noche, se tumbó bajo una encina y se quedó dormido al instante, agotado. Lo que no sabía tampoco era que aquella ascensión acelerada y fatigante le dio una ventaja sobre Norrington que agradecería los días siguientes.
Norrington dejó su caballo al pie de las montañas (no sé si atado o libre: yo al menos lo hubiese dejado atado, para recuperarlo después) y ascendió a pie, despacio pero sin pausa, a un ritmo constante. Buscaba el rastro del otro mercenario, y a veces lo encontraba entre las piedras o en la hierba verde y fresca.
Drill se despertó antes del amanecer, completamente repuesto. Las rodillas aún le dolían un poco, pero estaba ya acostumbrado: la artritis era una vieja amiga. Cuando el Sol despuntó por el horizonte, mi viejo yumón se puso en marcha, recogiendo la manta con la que había dormido y volviendo a caminar, hacia las cimas.
Aquella jornada los dos mercenarios no se vieron. La amplia ventaja que Drill sacaba a Norrington y el abrupto paisaje impedían que hubiese contacto visual entre los dos. Estaban todavía a baja altura, por debajo de los ochocientos metros, así que el tiempo era agradable. En la montaña corría más el viento y hacía fresco, en comparación con la llanura, pero seguía haciendo calor. Más arriba llegaría el frío.
Norrington se detuvo cuando empezó a oscurecer. No quería sufrir ningún accidente en la oscuridad. El mercenario más joven confiaba en alcanzar a Drill durante el día (estoy convencida de que Norrington creía que Drill estaba más cerca: si hubiese sabido que más de quinientos metros les separaban se hubiese arriesgado a seguir subiendo en la oscuridad).
Drill buscó refugio acercándose a una parte de la ladera casi vertical, una zona de roca pelada. Se acomodó en el suelo de roca cubierta todavía de hierba y se apoyó en la pared de roca desnuda, usando su abrigo de paño como almohada, hecho un bulto.
Entonces escuchó un ruido. Era muy escandaloso, como un forcejeo entre la maleza: se escuchaban jadeos, gruñidos y ruido de agitar de ramas. El mercenario se puso en pie, alertado, y sacó su espada de la funda. Avanzó hacia el sonido, con cuidado, sin saber qué iba a encontrar.
Entonces, a unos tres metros de él, de entre unos arbustos salió un confuso montón de pelos naranjas, dientes, garras y gruñidos. Eran varios zorros peleándose, formando una bola en movimiento, rodando unos encima de otros, mordiéndose, arañándose y gruñendo. Unos gañidos de dolor se escuchaban de fondo.
Drill contempló, asombrado, la pelea entre los zorros. Al parecer, según pudo entender él, eran tres zorros grandes atacando a uno más pequeño, que era el que ladraba lastimeramente. Sin saber por qué lo hacía, Drill se acercó a la batalla zorruna y los ahuyentó.
- ¡Eh! ¡Eh! ¡Fuera! ¡Fuera! – gritó, meneando la espada ante ellos, con fuerza. Los zorros se separaron, asustados, mirando con fiereza al inoportuno humano. Los tres más grandes se alejaron al trote, perdiéndose en la oscuridad. El más pequeño se quedó a unos pasos de Drill, hecho una bola, gimoteando.
El mercenario se acercó al zorrillo, curioso. El animal estaba temblando, llorando con gañidos lastimeros. Una amplia herida (un mordisco) mostraba la carne entre el pelaje del cuarto trasero izquierdo, sangrante. Drill sintió lástima por el animal y se acercó del todo para observar la herida, acariciando el lomo del zorrillo.
El animal estaba tan asustado que no se movió. Se dejó acariciar, a pesar de ser salvaje. Drill contempló la herida con ojo experto: era profunda y estaba muy abierta, cubierta de tierra y hierbas. Los pelos rojizos se metían en ella. La sangre goteaba de ella, manchando de rojo carmesí el suave pelaje rojizo.
Drill se decidió a ayudar al animal herido y, a pesar de la creciente oscuridad, el mercenario buscó unas hierbas que conocía, útiles para limpiar y cerrar heridas. Recogió unas bellotas de una encina cercana y arrancó unas hojas de un arbusto diminuto.
Las hojas eran duras, como las del acebo, pero con forma de punta de lanza, verde azuladas. Drill las colocó en una piedra plana que recogió y las empezó a aplastar con la hoja del machete, puesta de plano. Mientras, masticó las bellotas, escupiendo la pasta sobre el puré de hojas que iba consiguiendo. Con el cuchillo lo mezcló todo y después se acercó con cuidado al zorrillo, que seguía tendido en el suelo, temblando y quejándose.
Lavó la herida derramando agua de su cantimplora sobre el costado del animal. Con el cuchillo y con mucha delicadeza aplicó la pasta sobre la herida, haciendo que el animalillo se estremeciera de dolor. La herida dejó de sangrar de inmediato y Drill aseguró el emplasto sobre el cuerpo del raposo.
Se quedó a su lado, en cuclillas, sonriendo tranquilamente. El zorrillo respiraba más tranquilo, sin temblar. La cataplasma empezaba a hacer efecto y le aliviaba el dolor, frenando la hemorragia y restañando poco a poco la herida. Al poco tiempo pareció quedarse dormido, respirando pausadamente.
Drill me aseguraría mucho después (cuando por fin volvimos a encontrarnos) que sintió afecto por aquel animalillo. Poder curarle le hizo sentirse reconfortado por dentro, le hizo sentirse bien consigo mismo y con el mundo desde hacía tiempo. Aquella misión le estaba cansando y quemando demasiado, además de los últimos dos años de inactividad. Estoy segura de que Drill sonrió con su sonrisa bonachona e infantil mientras contemplaba al zorro herido.
Mi viejo yumón volvió a la pared de roca desnuda, para volver a acomodarse, con el abrigo hecho un bulto bajo la cabeza, contra la roca. Entonces el zorrillo abrió sus ojos color miel y lo miró. Se puso en pie, sin apoyar la pata herida, y cojeó despacio hacia él. Cuando llegó se acomodó al lado de Drill, volviendo a adoptar la misma postura, con la cabeza apoyada en las patas delanteras, cruzada una sobre la otra. Al poco rato volvió a respirar tranquilamente, dormido.
Drill se tapó con la manta que llevaba siempre en la mochila y cerró los ojos, dispuesto a dormir.


A la mañana siguiente, cuando los trinos de los pájaros lo despertaron, Drill miró a su lado y no encontró al zorrillo herido. La hierba aplastada todavía dibujaba su forma, mostrando el lecho donde había dormido, pero el animal no estaba allí.
Drill hizo una mueca, con pena, pero al instante se resignó. Al fin y al cabo era un zorro silvestre, nada tenía con él ni lo ligaba a él.
Se levantó, comió unas pocas bellotas que le habían sobrado de la noche y se puso en marcha, después de recoger el sencillo “campamento”. Miró hacia las cumbres, hacia donde se dirigía, y pensó que aquella noche le haría falta el abrigo para dormir.
Drill alcanzó la senda por entre las montañas aquella jornada, a unos mil quinientos metros de altura. El viento soplaba más fuerte y más frío allí arriba, así que Drill se puso el abrigo largo de paño. Continuó caminando, por la senda. El avance se hizo más sencillo, pues el camino recorría la ladera de la montaña, pero más llano. Aunque ascendía todavía no era como subir por la pura ladera de la montaña.
Las Montañas Rocco eran altas, pero también eran una cordillera ancha. Drill había  pensado utilizar la senda para cruzarlas, ya que el camino cruzaba varios pasos entre montañas, adentrándose en la cordillera y saliendo al vecino reino de Darisedenalia. Haría más kilómetros, pero serían más sencillos de recorrer y más cómodos.
Las rodillas comenzaron a dolerle de nuevo: a pesar del cielo despejado y del gran Sol de verano que brillaba en él, en aquella parte de la montaña hacía frío, y sus gastadas y enfermas articulaciones se resentían.
El zorrillo le sorprendió a medio día, cuando el Sol estaba en lo más alto de su viaje por el cielo. El animal salió desde la ladera al camino de roca y arena, saltando desde abajo. Se quedó agachado, mirando fijamente a Drill, que se había detenido por la sorpresa. Cuando el mercenario reanudó la marcha, sonriente, el zorrillo comenzó a andar, unos seis metros por delante de él. Trotaba desacompasado, cojeando por la pata herida. De vez en cuando se volvía para mirar al mercenario y si el humano le había recortado distancias pegaba una corta carrera para alejarse. De la misma manera, si se había separado mucho de él se detenía para esperarle.
Drill sonrió, con su extraña mueca: el zorrillo por delante y él por detrás caminaban parecido, ambos cojeando.
El mercenario recorrió su camino durante todo el día precedido por el zorrillo. Cuando hizo un alto dos horas después del mediodía, para tomar un almuerzo, le lanzó un par de trozos de cecina al zorro, que los tomó con precaución, después de estar un buen rato olisqueándolos, desconfiado.
- No voy a hacerte nada, amiguito – le dijo, amable. El zorrillo dio un brinco, asustado al escuchar su voz, mirando fijamente al humano con sus ojos color miel. Después volvió a olisquear los trozos de carne, empujándolos con el hocico, para al final comérselos.
Durante días Drill recorrió las montañas Rocco de aquella manera, recorriendo la senda que se adentraba en el corazón de la cordillera. El zorrillo andaba siempre delante de él, alejado y manteniendo la distancia (aunque, según Drill, el animal cada vez se acercaba un poco más a él).
Si hacía unos días el frío había hecho acto de presencia, después de varias jornadas de marcha, en las que habían ascendido más de mil metros, las bajas temperaturas se hicieron las protagonistas. Drill me aseguró que durante el día, mientras estaba en movimiento, el frío no era una molestia. El Sol calentaba lo suficiente para hacer la marcha agradable. El problema era por la noche, cuando se detenía a descansar y a dormir. El frío y el viento arrancaban el calor del cuerpo. Drill se había acostumbrado a abrigarse con su abrigo oscuro de paño y acostarse sobre la manta, para aislarse del frío del suelo. Sin embargo, cuando el frío aumentó, Drill pasó a acostarse directamente sobre el suelo, acurrucado contra la pared de roca o la ladera pelada, arrebujado en su abrigo y tapado con la manta. Ni siquiera entonces el zorrillo se acercaba a él.
- ¿No quieres acercarte? – le preguntaba por las noches. – Te hago un hueco debajo de la manta, ¿eh? No te voy a molestar, no me muevo mucho cuando estoy dormido....
El zorrillo lo miraba siempre, fijamente, más con curiosidad que con gesto retador.
Drill no sabía que su perseguidor lo estaba pasando igual de mal. Norrington había seguido las huellas del ladrón durante la ascensión por la ladera, hasta el camino. Una vez en él, el fornido mercenario siguió por el camino, casi por inercia: allí era más difícil seguir las pistas.
El sendero era de roca desnuda, con alguna planta pequeña que crecía entre las grietas. Había algunas piedras y algún trecho con arenilla, lo que permitía a Norrington encontrar a veces alguna huella (fragmentos de ellas, en realidad). El mercenario las seguía, pero no estaba seguro de que fueran las huellas de Drill o de algún otro caminante que hubiese pasado por la senda sólo Sherpú sabía cuándo.
El frío también le afectaba, así que Norrington seguía incansable pero despacio a su perseguido. Confiaba en ir recortando poco a poco las distancias con Drill, que era más anciano y esperaba que se fuese cansando poco a poco. El mayor problema, lo que estoy segura que le atormentaba, era que no podía estar seguro de que Drill continuase por el camino siempre, aunque fuese lo más lógico. Norrington podía perder su pista si el anciano mercenario decidía marchar campo a través, por las empinadas laderas.
El camino marchaba pegado a la ladera de las montañas, cada vez más verticales. A la derecha estaba la ladera de roca, casi siempre vertical aunque a veces se inclinara un poco hacia la diagonal (una diagonal muy pronunciada, estoy segura). En el margen izquierdo seguía la ladera. A veces caía a pico y otras veces bajaba en declive, directamente desde el borde del camino, hasta el fondo del valle, donde Drill escuchaba todos los días un río caudaloso. La ladera seguía cubierta de hierba (en aquella parte seca y amarillenta) y en las zonas del camino en los que había una caída vertical al lado izquierdo, a veces había árboles frondosos que iban desde la ladera (abajo, a seis metros) hasta el borde del camino. Drill aprovechó para recoger frutas maduras y frescas.
Un día Drill vio una vieja barraca de madera en la ladera de la montaña, en la pendiente del lado izquierdo. Estaba medio derruida, con el tejado caído. La madera era vieja y estaba seca, pues no había llovido en las montañas en todo el verano. El mercenario aprovechó para bajar hasta ella. Era una cabaña pequeña, de un par de metros de alto por seis de lado. El techo estaba caído y se había partido y una pared se había venido abajo. Drill recogió tablas sueltas de la pared y propinó un par de patadas a trozos del tejado, partiéndolo aún más. Después hizo cuatro viajes para acarrear toda la leña hasta el camino.
Aquella noche hizo un fuego, para calentarse. No sabía si el otro mercenario le estaba siguiendo, y si era así si podía ver la hoguera, pero el frío era ya insoportable por las noches y tenía que hacer algo para luchar contra él. Con la hoguera ya montada y el fuego crepitando, el zorrillo salió de entre las sombras y se acercó, con precaución y despacito, a las llamas. A un metro de Drill y medio del fuego se detuvo, calentándose, sin apartar del mercenario sus vivos ojillos del color de la miel y ribeteados de negro. Drill aprovechó para inspeccionar la herida, desde lejos. El pegote que le había aplicado estaba seco y se iba cayendo poco a poco. Aún quedaban cuajarones pegados al cuerpo del zorro, allí donde la herida estaba todavía abierta, supuso. El resto de la herida estaba cerrada, con la piel y la carne todavía débil y rosada, pero estaba curada. El pelaje estaba algo sucio, con restos de la cataplasma, pero el zorrillo caminaba ya resuelto, sin apenas cojear. Esa noche el animal durmió pegado a la hoguera, muy cerca de Drill.
La travesía por las montañas se alargó durante el resto del mes de octubre y parte de noviembre. Drill se mantuvo por delante de Norrington toda la marcha. Los dos mercenarios recorrieron las montañas y las peñas caminando sólo durante el día, abrigándose y descansando por las noches. Los dos podían ver la columna de humo que producía la hoguera del otro cada noche, en la lejanía. Fue la confirmación de los peores temores de mi antiguo yumón: el otro mercenario le estaba siguiendo. Además, sirvió de método para conocer la posición del otro y para calcular la distancia que los separaba. Drill pudo comprobar que el otro mercenario estaba cada vez más cerca.
El zorrillo al que Drill había salvado se acostumbró a dormir cerca del viejo mercenario. Viajaba ya a su lado, alejado un par de metros, y a veces incluso se dejaba acariciar. Drill aprovechaba para limpiar y vigilar de cerca la herida.
- Allí está otra vez – dijo Drill, mirando hacia atrás. Detrás del pico que el camino rodeaba (y que habían circunvalado durante la tarde) se podía ver la columna de humo de la hoguera de Norrington. Drill no estaba asustado (al menos eso me aseguró, y yo le creo) pero le preocupaba ver tan cerca a su perseguidor. El zorrillo le miró mientras hablaba. Mi viejo yumón se había acostumbrado a hablar con él. – Más cerca que ayer.
El animal no emitió ningún sonido, mirando fijamente al mercenario. A Drill le parecía siempre que el raposo le escuchaba con atención, atento a sus palabras. Le parecía que le comprendía perfectamente.
- Mientras sigamos en las montañas no creo que nos alcance – siguió el mercenario, pasando la mirada de la fina columna de humo al zorrillo. – Lo malo será cuando salgamos de la cordillera y volvamos al llano.
Los días seguían pasando y el camino adosado a las laderas comenzaba a bajar, poco a poco, con una pendiente muy suave, al igual que al inicio. Estaban saliendo de la cordillera.
Si los dos mercenarios hubiesen seguido el mismo ritmo Drill hubiese salido antes de las Montañas Rocco y habría podido orientarse y prepararse para escapar o esconderse. Pero lo que ocurrió, probablemente debido a que Norrington descansó menos tiempo por las noches o a que alargó sus caminatas durante el anochecer, fue lo siguiente: el día veintisiete de noviembre Drill llegó al final del camino, encontrándose abruptamente con un precipicio. Los últimos tres días el camino que estaban recorriendo para cruzar las montañas se había ido acercando al fondo del valle, corriendo cerca del río que había abajo. De esta manera, cuando el camino desapareció de forma abrupta, el río se transformó en una cascada. Abajo el agua se remansaba en un pequeño lago. Alrededor había picos escabrosos. Delante, Drill pudo ver la llanura, al fin. Estaba ya en el reino de Darisedenalia.
- Vamos a tener que descolgarnos por aquí – dijo Drill, haciendo que el zorrillo lo mirase. El mercenario se arrodilló al borde del barranco, mirando el fondo. Estaba a unos trescientos metros, después de la pared vertical, rugosa y con varios salientes. – ¡Venga! No hay que perder tiempo....
El viejo mercenario sacó un pañuelo de tela de la mochila e hizo un hatillo con él. Se lo colgó en bandolera, cogió al zorrillo y lo metió dentro. El raposo no se inmutó y se dejó hacer. Después, Drill se descolgó por el borde, apoyándose en el vientre, buscando apoyo con los pies, sin mirar. Cuando las punteras de sus botas de ante encontraron un resquicio en la roca se apoyó en ellas, saliendo completamente a la pared, agarrándose con los dedos en los pequeños salientes y en los estrechos resquicios. Poco a poco fue descendiendo.
- ¡¡Drill!! – escuchó sobre su cabeza, alarmándose. Perdió pie, pero lo recuperó al instante. Miró hacia arriba, imaginando lo que iba a ver.
El joven y corpulento mercenario estaba en lo alto del barranco, mirando hacia abajo. Mi antiguo yumón se sorprendió, pues pensaba que su perseguidor estaba más lejos, después de contemplar la columna de humo de la hoguera la noche pasada. El joven mercenario apretaba los dientes, en una mueca fiera. Se echó al suelo y empezó a descender por la pared vertical, con velocidad y poco cuidado. Drill
aceleró su descenso.
El ruido de la cascada era atronador, a menos de cinco metros de la zona por la que estaban bajando los dos mercenarios. El agua salpicaba de vez en cuando, haciendo que los largos pelos de Drill se le pegaran en la cara. La roca se volvía más resbaladiza.
Mi viejo yumón miraba todo el rato hacia arriba, donde podía ver a Norrington. Éste bajaba por la pared bastante rápido: le empujaban la rabia y las ganas de atrapar al ladrón. Además, no tenía que tener cuidado de no aplastar al zorrillo, como tenía que hacer Drill: el animal viajaba en el hatillo que Drill llevaba a la espalda.
Drill acabó llegando a una especie de cornisa que había a unos sesenta metros del suelo. El viejo mercenario se detuvo, para recuperar el aliento. Los dedos de las manos le dolían una barbaridad y estaban engarfiados. Las rodillas se le estaban hinchando otra vez. Tomó aire, resignado, mirando hacia abajo. Al fondo del barranco estaban las rocas que habían caído desde arriba Sherpú sabía cuándo: algún movimiento de tierra había ocurrido allí hacía tiempo, derrumbando la cima de las últimas colinas y el camino que recorría las Montañas Rocco. Abajo había ahora una especie de anfiteatro natural, con forma de semicírculo, formado por la pared de roca, la cascada y el resto de colinas bajas del final de la cordillera que no habían caído. La salida del anfiteatro conectaba con las llanuras de Darisedenalia. El río que surgía del lago bajo la cascada también salía por allí.
- ¡¡Ya te tengo, maldito ladrón!! – aulló encima de él.
Drill se sorprendió, pero no se movió. Estaba muy cansado, los dedos de sus manos estaban agarrotados y matándole de dolor. Sus piernas apenas podían sostenerle. Sólo esperaba no caerse de la cornisa (y si podía, tirar desde allí arriba a su joven y corpulento perseguidor).
Norrington bajó hasta la cornisa, a un par de metros de Drill. Se puso de espaldas al muro y avanzó de lateral, mientras intentaba sacar la espada de su funda. Su cara estaba tensa, enfadado. El sudor perlaba su frente.
El zorrillo entonces saltó del hatillo en el que se encontraba, cayendo sobre el pecho de Norrington y mordiéndole la mano con la que estaba sacando la espada. El joven mercenario aulló de dolor y sacudió la mano, olvidándose de su arma. La espada, a medio salir de la funda, se cayó al vacío por su propio peso, haciendo molinetes. Drill tragó saliva mientras la veía caer.
Mi antiguo yumón se alejó de Norrington, por la cornisa, hacia la cascada. Allí la roca estaba más húmeda, a tres metros de la caída de agua, pero Drill pudo ver más asideros. Miró hacia Norrington, que seguía agitando la mano para soltarse del zorro. Drill tenía miedo de que el mercenario acabara golpeando al pequeño raposo contra la pared de roca, así que se olvidó de bajar y silbó fuertemente.
- ¡Suéltale! ¡Ven aquí! ¡Olvídate de él! – dijo mi yumón, hablando con el zorrillo.
El animal, sorprendentemente, le escuchó y le hizo caso, soltando al joven mercenario. Se apoyó en el pecho de Norrington, saltó al suelo y trotó por la cornisa hasta llegar a los pies de Drill.
Entonces Norrington, cegado por el dolor y la ira, se lanzó sobre Drill, corriendo como pudo por la estrecha cornisa (no entiendo cómo se mantuvo sobre ella y no se despeñó: Drill me dijo que no tenía más de un palmo de anchura). El corpulento mercenario chocó contra Drill y le separó de la pared. El zorrillo volvió a saltar y le mordió en la pantorrilla izquierda.
Drill me asegura que no recuerda muy bien lo que pasó. Recuerda las salpicaduras de la cascada, el aire frío de la montaña, la sensación de sus pies perdiendo el contacto con la roca, el forcejeo con Norrington....
Los tres, en un confuso abrazo, cayeron al vacío.

sábado, 18 de noviembre de 2017

Viajes y Peripecias de Un Viejo Mercenario Esperando Poder Retirarse - Capítulo XI (2ª parte)



UNA ESPADA LEGENDARIA
- XI -
EL GATO Y EL RATÓN

El viaje en diligencia fue tranquilo, incluso aburrido. El coche era amplio y estaba casi vacío: Drill sólo iba acompañado por otros tres viajeros. Uno era un chico joven, que viajaba a Lendaxter para conocer a los padres de su novia, con quien se iba a casar en pocos meses. El muchacho, llamado Xonas, estaba muy nervioso y algo alterado, pero era simpático y amable: Drill conversó bastante con él. Los otros dos viajeros eran dos mujeres mayores, solteronas, hermanas y serias. Vestían con recato y aparatosidad, tocándose con dos sombreros incómodos que no se quitaron aunque estaban dentro del carruaje. Eran dos mujeres simples e ignorantes, pero eran de trato amable (que era lo mínimo que alguien pedía de sus compañeros de diligencia) así que Drill y Xonas tuvieron un viaje cómodo con ellas.
Durante el primer día de viaje, la diligencia pasó por numerosos pueblos pequeños del sureste de Arrash, parando en todos ellos. Al cabo de unos minutos de parada (en los que el cochero esperaba nuevos clientes, los pasajeros podían salir a estirar las piernas y los caballos retomaban el aliento) el viaje se retomaba. El día 2 de octubre la diligencia pasó por el puesto fronterizo entre Arrash y Rocconalia, comenzando una etapa del viaje un poco distinta. Las paradas en Rocconalia se hicieron más raras. Había pocos pueblos que visitar en aquella zona y muchos kilómetros de hierba que recorrer.
Mientras la diligencia rodaba por los caminos de tierra que cortaban los campos verdes del reino, los pasajeros se entretenían con sus charlas.
- Un joven respetable debe causar una buena primera impresión – decía una de las hermanas, la más delgada y de rostro afilado. – Debería usted presentarse con un regalo para la madre de su prometida. Algo como unas flores, o un detalle para la casa....
- Y debe tener buen aspecto – opinaba la otra hermana, de cara redonda y múltiples arrugas en torno a las comisuras de los labios. – Debería cortarse esos pelos, joven, y acudir a la cita con su mejor traje. Porque tendrá usted un traje, ¿no?
- Sí, sí, claro.... – respondió Xonas, un tanto acobardado. – Está arriba, en mi maleta.
- Muy bien. Un buen baño, un corte de pelo y un afeitado apurado hacen milagros acompañados de un traje elegante.... – sentenció la segunda hermana, la que tenía el abundante pelo canoso.
Drill sonreía divertido, viendo los apuros del joven aspirante a esposo: sus nervios crecían con los consejos de las solteronas.
- ¿Y en qué misión se ve envuelto ahora, señor Drill? – preguntó Xonas, apurado, intentando cambiar de tema.
- Bueno, no se nos permite hablar de nuestra misión – se excusó mi antiguo yumón, componiendo una mueca. – Pero puedo contarte que tengo que proteger un objeto importante – explicó finalmente, pensando que había exagerado demasiado la naturaleza de la caja de Karl Monto.
- ¡Ah! ¿Lo lleva a esconder a algún sitio?
- Más o menos. La verdad es que ahora mismo estoy huyendo – dijo Drill.
- ¿Huyendo? ¿No será usted un criminal? – preguntó una de las hermanas, la que tenía el pelo ralo y escaso.
- No, no, no.... de ninguna manera, señora – replicó Drill, dándose cuenta de la mentira. – Es simplemente que alguien ha contratado a otro mercenario para que me encuentre y me atrape. Hay individuos que no quieren que complete mi misión, nada más.
- Me tranquiliza usted, señor Drill – dijo la anciana mujer, visiblemente aliviada. – Por un momento creí que estábamos viajando con un delincuente....
Drill compuso su sonrisa infantil, y las dos solteronas sonrieron ampliamente.
Mi antiguo yumón pensó en Tash Norrington. Imaginaba que le había despistado, pero el otro mercenario había demostrado ser un gran rastreador y un gran profesional. Nada aseguraba que ahora le hubiese dejado atrás, habiéndole engañado. Drill se pasó la mano por la cara, rascándose la barba. No había pensado en ello, pero ahora estaba preocupado realmente.
Más adelante llegaron a Yûfa, un pequeño pueblecito de criadores de caballos, en medio de la estepa. La diligencia hizo una parada programada de veinte minutos. El cochero bajó del pescante y entró en una taberna pequeña que había en la plaza. Las dos hermanas se quedaron dentro del carruaje y Drill y Xonas bajaron a estirar las piernas.
El mercenario sacó tabaco y lio dos cigarrillos, uno para el joven y otro para sí mismo. Los dos hombres dieron
las primeras caladas en silencio.
- ¿Está bien, señor Drill? – preguntó Xonas, al cabo de un rato. – Desde hace unos kilómetros está bastante callado y serio. Parece preocupado.
- No es nada – contestó Drill, haciendo un gesto desdeñoso con la mano. Dio otra calada al cigarro, haciendo que el extremo se iluminase con una brasa rojiza.
Xonas lo miró atentamente, sin quitarle los ojos de encima. Drill soportó el reconocimiento, pero sólo durante un rato.
- Simplemente estoy preocupado por ese otro mercenario....
- Pero usted ha dicho que le dio esquinazo en Totsetum – replicó Xonas.
- Es cierto, pero es un mercenario muy hábil e inteligente. Es muy probable que encuentre mi rastro. Al menos, debo pensar que así puede ser, para estar preparado.
Los dos se quedaron un rato en silencio, dando caladas tranquilas a sus respectivos cigarros.
- ¿Y no hay manera de averiguarlo? – preguntó Xonas, después. – ¿No tenemos forma de saber si ese mercenario le está siguiendo?
Drill sonrió, con su extraña sonrisa que sólo él concebía como tal. No podía creer la suerte que tenía al conseguir caerle bien a la gente. Mi antiguo yumón tenía muchas virtudes, y de las más importantes era la que le permitía hacer amigos en cualquier situación. Era un hombre sencillo y agradable que caía bien a la mayoría de la gente. Allí había un ejemplo: acababa de conocer a Xonas hacía sólo unos días, pero aquel muchacho ya se sentía preocupado por él y sufría al verle en apuros. Drill se sintió agradecido.
- No se me ocurre cómo.... – contestó.
Xonas estuvo pensativo otro rato, mientras el cigarrillo se iba consumiendo.
- A lo mejor podemos hacer algo.... Déjeme preguntarle al cochero.... – dijo el muchacho, entrando en la taberna. Drill fue tras él.
La cantina estaba bastante vacía y era oscura. Drill pensó que hacía varios meses que allí no se barría el suelo o se limpiaban las mesas. El cochero estaba apoyado en la barra, con una cerveza aguada entre las manos, conversando con el camarero.
- Disculpe, cochero, – comenzó Xonas, llamando la atención del conductor, que se giró hacia ellos – necesitamos enviar un mensaje por correo. ¿Hay alguna oficina de mensajería en el pueblo?
- ¿Aquí en Yûfa? Me temo que no.... – contestó el cochero. – Más adelante, en la siguiente aldea, creo que sí. En Ter hay un palomar de mensajería, si no me equivoco.
- ¿Y hay parada programada allí? – preguntó Xonas.
- No. Pero podemos parar, si así lo necesitan. Vamos bien de tiempo y no tengo inconveniente.
- Vaya, pues muchas gracias – respondió el muchacho, sonriendo alegre. Salió de la taberna hacia la diligencia y Drill con él. Los dos se detuvieron al lado del carruaje.
- ¿Qué pretendes? – preguntó Drill.
- No sé si funcionara, señor Drill, pero se me ha ocurrido que podemos dejar encargado al cuidador del palomar que nos envíe un mensaje, si el mercenario llega al pueblo o pasa por él. Usted cree que lo ha dejado atrás, pero también piensa que es probable que haya encontrado su pista y nos esté siguiendo. No puede usted quedarse en el camino a esperar que llegue para comprobar que lo está siguiendo, ¿no? Así que podemos dejar a alguien encargado de vigilar detrás de nosotros....
Drill levantó las cejas, sorprendido. Era un plan enrevesado, pero podía funcionar. Él seguiría su camino en la diligencia y si recibían la paloma mensajera del cuidador del palomar de Ter avisándole de que Norrington estaba tras su rastro ya decidiría qué hacer.
Y así lo hicieron. El cochero se dirigió hacia Ter y allí detuvo la diligencia, al lado del palomar de mensajería. El encargado del palomar recibió dos sermones por estar pendiente de la llegada de un mercenario al pueblo (Drill le dio la descripción de Norrington) y por enviar inmediatamente una de sus palomas mensajeras, para que volara hasta alcanzar la diligencia.
Drill viajó más tranquilo a partir de entonces.


Tash Norrington cabalgaba a lomos de su caballo, veloz, siguiendo el camino de la diligencia. Imagino lo furioso, molesto e irascible que iría. Había llegado a la conclusión, en Totsetum, de que el escurridizo ladrón se le había escapado de nuevo. No sabía cómo, pero era evidente que había sido así.
Buscó por toda la ciudad al borracho que lo ayudó a escapar hasta dar con él. El pobre Tithus se murió de miedo al volverse a encontrar con el gigantón que había querido atrapar a su amigo Drill y, cuando el enorme mercenario le atizó un par de buenos mamporros, lloró desconsolado, contándole todo lo que quería saber sobre Drill y su huida.
Por eso Norrington cabalgaba por los campos de Rocconalia, siguiendo el camino que la diligencia a Lendaxster recorría puntualmente.
La diligencia le llevaba varios días de ventaja, pero él cabalgaba sin descanso, parando sólo de noche, conduciendo su caballo siempre al galope.
No pensaba dejar que aquel escurridizo ladrón, llamado Bittor Drill, se le escapase de nuevo.


La diligencia seguía su camino, hacia el sureste, viajando por caminos estrechos y poco transitados, entre aldeas y pueblos pequeños. Un par de viajeros habían subido en pueblos distintos, pero habían viajado sólo hasta otros pueblillos cercanos, diferentes también. Las hermanas solteronas y el joven Xonas seguían siendo los compañeros de viaje de Drill.
Mi antiguo yumón cada vez estaba más seguro de que el peligroso Tash Norrington estaba tras su pista. Desde su encuentro en Totsetum estaba muy nervioso, imaginando que no iba a poder descansar ni relajarse en lo que le quedaba de misión, porque el mercenario le iba a cazar como se caza a un oso de los bosques: persiguiéndole, acechándole.
Su misión. Aquella misión que no era suya, que no estaba destinada para él, que le había caído del cielo como un “regalo”. Era la misión que le iba a permitir retirarse antes de tiempo, la que le iba a proporcionar su propio caldero de oro. La misión que se estaba complicando a cada paso, la misión que se volvía más peligrosa a cada kilómetro recorrido.
Metió la mano en el amplio bolsillo de su pantalón de pana, tocando con la punta de sus dedos la caja de Karl Monto. No podía creerse que estuviese cometiendo esos delitos y corriendo esos riesgos por un cofrecito de madera que contenía una cosa tan estúpida.
Drill no sabía qué hacer, realmente. Cada minuto se planteaba dejar su misión a medias, pero cada minuto llegaba a la conclusión de que llegado a ese punto no podía dar marcha atrás.
Miró a las ancianas y al simpático y nervioso Xonas. Lo que no podía (ni quería) hacer era poner a más gente en peligro.


Tash Norrington cabalgaba a toda velocidad por los caminos de tierra prensada que recorrían los campos de hierba verde de aquella parte de Rocconalia, como cicatrices sobre la piel del mundo. Seguía el rastro dejado por la diligencia, fácilmente reconocible para un rastreador de su talla. Apenas paraba en los pueblos que cruzaba, salvo para asegurarse en un par de ocasiones.
El rastro era “fresco”, de apenas cuatro o cinco días. El mercenario esperaba alcanzar pronto a la diligencia, pues sólo paraba para dormir y el carruaje lo hacía un rato en varios pueblos a lo largo del día.
Puedo imaginarme la escena perfectamente: en un pequeño pueblo, uno de las decenas que cruzó, un joven lo vio pasar, reconociéndolo. Era exactamente como el viejo del cabello gris y el parche en el ojo le había dicho que era. Mirándolo alejarse por encima del hombro el joven encargado del palomar entró dentro del edificio, pensando en qué paloma iba a elegir para mandar el mensaje que le habían encargado.


Dos días después la diligencia llegó a una aldea algo más grande. Germolia tendría casi mil habitantes y estaba llena de granjas y establos donde se criaban caballos. La diligencia tenía programada una parada de dos horas en el pueblo.
Como dos horas es tiempo suficiente para aburrirse pero corto para hacer nada, los cuatro pasajeros buscaron una cantina decente (por petición de las dos hermanas solteras) para comer algo y refrescarse. El cochero se quedó al lado del carro, conversando con algunos conocidos.
Mientras apuraba su segunda cerveza (acompañado por Xonas) Drill vio cómo el cochero entraba por la puerta y le llamaba con gestos imperiosos.
- Discúlpenme – dijo el mercenario mientras se ponía en pie, saliendo de la taberna. Xonas lo siguió.
- Caballero, esta paloma acaba de llegar – le dijo el cochero, mientras le mostraba el ave sujeta en su mano derecha. – Llevaba este mensaje. Lleva el sello del palomar de Ter.
Drill miró con énfasis a Xonas y tomó el mensaje de mano del conductor. Con dedos nerviosos lo abrió y leyó.




- ¿Cuánto habrá podido tardar este mensaje en llegar? – preguntó Drill, levantando la vista hacia el cochero.
- No sé.... depende de la paloma, de lo que haya tardado en encontrarnos.... Este tipo de palomas están entrenadas para encontrar la diligencia rápidamente.... Imagino que el mensaje tendrá dos o tres días....
Drill se pasó la mano por la barba, apurado y pensativo. Estaba en lo cierto y sus temores no eran infundados: el otro mercenario estaba siguiéndole la pista. Muy de cerca. Tenía que tomar una decisión.
- Xonas, ¿puedes decirles a las señoras que vengan a la diligencia? Tengo que hablar con todos, juntos – pidió Drill, y el muchacho asintió y se volvió hacia la taberna. – ¿Cuánto queda para que salgamos?
El cochero miró al cielo, al Sol que brillaba entre media docena de nubes blancas despistadas.
- Un cuarto de hora, más o menos....
- Bien.
Las ancianas llegaron con Xonas, que entró con ellas en el carruaje. Drill se quedó fuera, con el cochero, con la puerta abierta para que los cinco pudiesen conversar.
- Bueno.... Siento darles tantos problemas a los cuatro.... No querría entorpecer su viaje ni su trabajo – dijo mi antiguo yumón, señalando alternativamente a cada uno de sus compañeros de viaje – pero tengo que pedirles un importante favor.
- Lo que podamos hacer delo por hecho – aseguró Xonas, con energía. Drill sonrió, con su extraña mueca, sintiéndose afortunado por tener ese don que le permitía hacer amigos en cualquier parte. Pero también se sintió apenado por el muchacho, porque lo que conseguía con su don era poner en peligro a gente inocente que no tenía más culpa que haberle conocido.
- Ese hombre que me viene persiguiendo nos alcanzará dentro de poco – dijo Drill. – No querría ponerles en peligro, así que dejaré la diligencia.
- No puedo permitir eso, señor – dijo el cochero. – Mi deber es hacer que los viajeros lleguen sanos, salvos y sin retrasos a su destino.
- Lo imagino, pero es decisión mía. Para protegerles.
- Pero ese hombre que le sigue a usted – intervino una de las hermanas, la que tenía los ojos azules–, seguirá persiguiendo la diligencia, ¿no es así? Él no sabrá que nos ha dejado....
- Supongo que sí – aceptó Drill, consiguiendo que las dos ancianas apretaran los labios en un gesto censor. – Pero por eso mismo intentaré dejar un rastro claro para que me siga a mí. Y quiero convencerles para que cambien de rumbo.
- ¿Cambiar de rumbo? Eso sí que no puedo hacerlo, señor – dijo el cochero. – La diligencia tiene un programa que seguir....
- Lo imagino, pero eso asegurará que ustedes lleguen a Yutem sin peligro.
- ¡Pero el mercenario le perseguirá a usted!
- No es problema. Sé cómo despistarle – faroleó Drill. – Pero quiero que ustedes estén a salvo.
- Pero.... entiéndame.... – intervino el cochero. – Tenemos que pasar por varios pueblos hacia el sureste, antes de girar al suroeste hacia Yutem. Puede haber mucha gente que esté esperando la diligencia para ir hasta la ciudad.
- Lo sé. Por eso pienso pagarle, para que la compañía no pierda el dinero de los billetes de esa gente y para que pueda indemnizarles – dijo Drill, echando mano de su bolsa de dinero. Sacó diez homilías y las dejó en la mano del cochero. – Aquí tiene. Cincuenta sermones.
El conductor no supo qué hacer, al ver tanto dinero junto. Dudaba y balbuceaba.
- Venga. Hágame este favor. Si quiere, diga que le he amenazado.
El conductor miró a Drill, y mi antiguo yumón luego me dijo que vio cómo sufrió aquel hombre. El cochero quería ayudarle, pero no en contra de las reglas de su oficio.
- Espero que tenga buena suerte.... – dijo al fin, sonriendo con pena. – ¡Todos arriba! ¡Nos vamos!
El conductor subió al pescante mientras los tres pasajeros que le quedaban se acomodaban en el interior del carruaje. Drill cerró la puerta y se asomó a la ventanilla.
- Perdón por haberles causado muchas molestias – se disculpó, sonriendo, con su sonrisa infantiloide.
- Le ofrecemos gratitud y le deseamos prosperidad – le dijo una de las hermanas. La otra asentía su lado, sincera.
- Buena suerte, señor Drill – dijo Xonas, sacando la mano por la ventana y estrechando la muñeca del mercenario.
- Ofrezco y deseo igual para todos.
El cochero lo miró desde el pescante y le despidió con el canto de la mano en la cabeza y el pulgar estirado sobre la frente. Después chasqueó las bridas y los caballos comenzaron a trotar, tirando de la diligencia. Mientras se alejaba Xonas se asomó por la ventana y lo despidió con un gesto de la mano.
Drill suspiró, triste y algo aliviado al mismo tiempo. Recogió su mochila del suelo, se la colgó a la espalda y echó a andar, poniendo la mano izquierda sobre el pomo de su espada. Por si acaso.
Salió andando del pueblo, con tranquilidad pero con paso ágil. Volvía a estar solo.
Caminó unas cinco horas seguidas, preocupado porque el otro mercenario, el tal Norrington, le alcanzase. Siguió por el camino “principal”, el que la diligencia hubiese seguido en una situación normal. Siguió con rumbo sureste, recorriendo la estepa de Rocconalia, acercándose cada vez más a las montañas.


La diligencia salió del camino y marchó con rumbo sur, en línea recta, por los campos y las praderas. Trotó y botó por la hierba verde y alta, olvidándose de los caminos por un tiempo. Después el cochero decidió seguir hacia el sur, pero usando las pistas de tierra que cruzaban los campos de Rocconalia. No había ningún camino que marchase en dirección sur de forma directa, pero el conductor dirigió a la diligencia por varios, que se iban cruzando, para acercarse cada vez más a las montañas.
Al menos eso fue lo que Tash Norrington debió de pensar, cuando el rastro de la diligencia cambió tan abruptamente. Las huellas que iba siguiendo (con poca dificultad) se desviaron de repente, saliendo del camino y adentrándose en la hierba. Allí las huellas eran más difíciles de seguir, pues la alta hierba era flexible y elástica, así que no quedaban apenas rastros. Sin embargo, para un rastreador experimentado como él, siempre había algo que se podía ver. Una brizna de hierba rota, otra doblada en un ángulo extraño, una huella en la tierra húmeda y casi encharcada del fondo.... eran pistas que le obligaban a marchar más despacio, atento a cualquier signo. Imagino que para su caballo esta parte del viaje fue un regalo, pues con total seguridad marcharía al paso por las praderas de Rocconalia, haciendo que su montura descansase del ritmo endiablado que le había impuesto anteriormente.
Al cabo de varios kilómetros el rastro de la diligencia volvió al camino, dando vueltas y revueltas. Por las pistas de arena prensada era más fácil seguirla, así que Norrington recuperó las distancias.
Por eso, cuatro días después, el mercenario vio a lo lejos el carruaje. Azuzó a su montura para acercarse, sacudiéndola con los talones y las bridas.
Norrington debió ponerse al lado de la diligencia. Puedo imaginar la cara de asombro y de miedo del cochero, desde el pescante. El hombre habría creído a Drill y pensaría que el enorme mercenario que lo buscaba no encontraría nunca el carruaje. Imagino que Norrington ordenaría detenerse al cochero y que éste, aterrorizado, lo haría. Imagino a los caballos deteniéndose, al tirar el conductor de las bridas, levantando polvo y piedras. Imagino a Norrington abriendo las puertas de la diligencia y obligando a los pasajeros a bajar, buscando con la furiosa mirada a Drill.
E imagino también, con una sonrisa un poco malvada, a Norrington dando media vuelta, cabalgando sobre sus pasos, al descubrir el engaño de mi viejo yumón y enterarse por los pasajeros que Drill se había bajado de la diligencia cuatro días atrás.


Era el doce de octubre y hacía un calor propio del Verano. Por suerte, las Calendas en la pradera podía aguantarse mal que bien gracias al frescor de las hierbas, cargadas de humedad. Drill caminaba por los caminos menos frecuentados, aquellos estrechos y desnivelados, que unían pueblillos y aldeas pequeños y modestos. Su destino eran las montañas.
Drill había pensado pasar a Darisedenalia en diligencia, llegar hasta Lendaxster y quizá tomar un barco hasta Escaste, o viajar por la costa, cruzando el reino de Barenibomur hasta el reino del sur. No lo tenía todavía decidido, pero lo que tenía claro era que iba a viajar cómodo. Ahora, por culpa de Tash Norrington, tendría que cruzar las Montañas Rocco a pie, usando un viejo camino que las atravesaba.
Siguió otro par de días a pie hasta la falda de las primeras montañas. En esa zona todavía aparecían cubiertas de hierba y flores, con las encinas y los pinos cubiertos de hojas verdes. Más arriba empezarían los fríos, las hierbas bajas y los arbustos leñosos y duros.
Drill llevaba todo el camino vigilando su espalda. Sabía que el engaño que le había preparado al tal Norrington era pasajero, que el mercenario gigantón acabaría alcanzando a la diligencia y que descubriría que él no estaba a bordo. Era sólo cuestión de tiempo que volviese a encontrar su rastro.
Por eso, día sí y día también Drill oteaba el horizonte detrás de él, sobre todo en dirección norte y noroeste. Escuchaba atentamente los sonidos del campo, esperando oír el trote de un caballo al galope en la lejanía. Pero sólo oía el zumbido de los insectos de verano, el piar de los pájaros y el correr de pequeños riachuelos.
Hasta que, el quince de octubre, cuando puso por primera vez el pie sobre la falda de la primera de las montañas Rocco, al mirar hacia atrás a la pradera que abandonaba, vio en la lejanía una mancha oscura que se acercaba. Parecían un hombre y un caballo.
En ese momento, además de los pájaros, los insectos y un riachuelo cercano, escuchó claramente los cascos de un caballo al galope.